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apuntes de dia y de medianoche, en el carro y caminando por las calles de tijuana. patyboo@yahoo.com (sí, con dos oes) patybooo@hotmail.com (sí, con tres oes)
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:: domingo, febrero 22, 2004 ::

Una gota helada rodó por la carretera de mis dedos. Afuera, las líneas del asfalto seguían huyendo, hasta perderse entre los cerros. Eso es lo que recuerdo. Eso y también que, al verlas me daban ganas de huir con ellas, frenar de pronto y quedarme como parte de ese paisaje que se deja atrás cuando viajas a 120 kilómetros por hora.
Algo en mí se aceleraba, iba y venía, se repetía y otra vez me dejaba ahí en la Escénica, sudando y apretando el volante, resbalabandome al contacto del objeto que giraba en cada curva.
Adelante, las líneas continuaban hasta ese abismo donde sólo había agua y un sudor apagado embotando mis pensamientos. Y yo iba, una tras otra, consumiéndo esas rayas amarillas que me guiaban como flechas hacia mi propia orilla. Mis articulaciones temblaban y sentía mis dientes rechinar, aunque sólo escuchaba un zumbido apagado que parecía provenir de adentro de mi cabeza.
Intenté mover el brazo izquierdo con la dificultad de quien pretende abrir una puerta de bisagras hinchadas, pero con la terquedad de quien sabe que detrás de esa puerta se encuentra todo lo que ha deseado en los últimos siglos. Después de varios esfuerzos, logré abrir la ventana y una bocanada seca golpeó el pecho y bajó hasta el estómago de un cuerpo que caía y que aparentemente era mío. En ese instante sentí la camisa empapada y fría, goteando como si la vida fuera un vaso que de pronto vuelve a llenarse.
A pesar de mis ojos líquidos, pude ver, pude verme. Ahí, recorría ese lugar que sentía lejano y perfecto como los ojos que había anclado en algún lugar de mi recorrido.
La vía seguía en ascenso y mi respiración rompía con el silencio de esa frontera del mundo, donde se le podía llamar silencio a una mezcla de olas que golpeaba metros abajo, con un zumbido que caía al despeñadero en cada curva de la carretera.
A mi derecha se extendía el Pacífico, más abajo cada vez, y se ponía el sol como si fuera el fin de algo que me perteneciera. Entonces me encontré en el sitio más alto, uno de esos lugares donde la vista periférica parece mostrar algo más que una costa azul, donde uno parece destinado irremediablemente a apagar el motor para abrir los ojos. Sin embargo, esta vez tampoco lo hice. Seguí adelante y entonces supe -otra vez- que me esperaba un viaje muy largo.
Apenas alcancé a imaginarme lo helado de ese océano a mis pies, me quité el cinturón de seguridad y compartí la caída con ese hombre que alguna vez fui. Entre golpes que sentía cada vez más ajenos, observé su rostro, lo ví caer lentamente, entregarse de tajo a ese atardecer luminoso que de pronto se revelaba natural y pefecto. Entonces recordé, y ese hilo me llevó en un instante a saber lo que seguía en esta secuencia. La parte baja de mi estómago punzaba y al contacto con el agua, mi piel escamada se contrajo e hizo vaciar nuevamente mis pulmones, como si hasta entonces no hubiera sido algo más que un pez asomándose de repente por el vidrio de una pecera.
Entonces quise abrír la puerta, cerrada por la presión de los océanos que inundan el mundo, pero mi brazo izquierdo me dirigió esta vez a subir por la ventana y seguir mi voluntad camino abajo, mientras el agua se abría a mi paso.
Las líneas seguían huyendo detrás, pero esta vez era el cielo el que retrocedía hasta perderse entre el agua agitada. Una gota de aire helado rodó por la orilla de mis dedos.
Entonces, en un espasmo, abrí los ojos y me encontré recorriendo una carretera. Mojado de sudor, temblando, apagué el motor. Frente a un sol anaranjado, tomé con cuidado mis párpados y los desaté del ancla que había dejado ahí mismo alguna vez. Entonces, al abrir los ojos supe que algo en mí seguía cayendo.

:: 3:07 p. m. [+] ::


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